domingo 8 de noviembre de 2009

Albert Einstein: ciencia y conciencia

Se cumplen ahora cien años de la publicación, en Annalen der Physik, de los artículos en que Einstein dejó formulada la teoría de la relatividad especial. Y se cumplen también cincuenta años de la muerte del físico que fue unas cuantas cosas más. En los cincuenta años que transcurrieron desde la publicación, en 1905, de aquellos artículos pioneros que cambiaron el curso de la física hasta la muerte de Einstein, en 1955, éste se había convertido en una leyenda en vida. Y, en los siguientes cincuenta años transcurridos desde que nos dejó hasta la fecha en que escribo, esta leyenda no ha dejado de crecer.

Muy pocos personajes del siglo XX, incluidos aquellos políticos o humanistas que en vida fueron adorados por el gran público, habrán tenido el honor de ser honrados hasta tal punto por sus contemporáneos. Cuando Einstein abandonó Alemania, huyendo del nazismo, para instalarse en los Estados Unidos de Norteamérica era ya una leyenda. Su nombre aparecía en los principales medios de comunicación de todo el mundo con una frecuencia rara tratándose de un científico. Se dice que, pensando en él y en otros como él, un jerarca nazi declaró en la reunión de Wannsee, que “la conciencia es un invento de los judíos”. La cultura norteamericana contribuyó aún más a hacer de Einstein una leyenda fuera de los departamentos universitarios y de los laboratorios dedicados a investigar las leyes de la naturaleza.

En los últimos años de su vida, desde el término de la segunda guerra mundial, Einstein recibía más cartas y consultas que la mayoría de los personajes mediáticos de la época (incluidos políticos y humanistas). Le escribían físicos y estudiantes de secundaria; matemáticos y pedagogos; pacifistas y reinas; cónsules y filósofos; objetores de conciencia y abridores de ojos. Y lo que es más llamativo: le escribían y consultaban muchas personas de la calle que nunca le trataron personalmente ni le conocían apenas de nada.

Algunas de esas personas le levantaron monumentos en sus pueblos y otras le preguntaban o le pedían consejo sobre los asuntos más variopintos: qué pensaba sobre la estado de la educación en la época; cómo se ve el mundo desde las alturas de la teoría de la relatividad; qué hay que hacer para convertirse en un buen matemático; qué relación hay entre ciencia y religión; cómo construir una cultura de la paz; por dónde empezar para lograr el establecimiento de un gobierno mundial en un mundo dividido; qué piensa un físico de la música; qué quería decir cuando decía que Dios no juega a los dados; o cómo veía un científico el socialismo (el “realmente existente” y el otro, aquel que algún día tendría que existir).

Lo notable es que Einstein, que solía contestar con paciencia y dedicación la mayoría de las cartas que recibía y la mayoría de las preguntas que se le hacían (incluso aquéllas que cualquier otro hubiera considerado intempestivas), siempre pensó que era un misterio indescifrable la causa por la que se le honraba tanto, se le consultaba tanto y se le solicitaba tanto. Cuando afirmaba que eso, en su caso, era un misterio no lo decía por posar o por coquetería intelectual.

Lo creía realmente así. Esta creencia tiene que ver con la modestia, con la humildad del científico. Y eso es aún más notable que el que contestara cartas intempestivas de remitentes a veces desconocidos. Le parecía una paradoja el que un individuo como él, que se consideraba un raro, un extraño, un viajero solitario, un constructor de ecuaciones cuyo significado sólo entendía una minoría de los científicos contemporáneos, pudiera estar convirtiéndose en eso que ahora llamamos un personaje mediático.

Que, al acabar la centuria y hacer repaso de los grandes hombres que en el mundo han sido, la revista Time diera a Einstein el título póstumo de mente del siglo XX, entre tantos grandes nominados, se debe sin duda a su contribución, como físico, a la formulación de la teoría especial y general de la relatividad; teoría que, efectivamente, como se ha dicho tantas veces, cambió nuestra concepción del universo. Pero se puede pensar que este título, sobre cuya justicia parecen coincidir por una vez Agamenón y su porquero, no se ha debido sólo a que Einstein haya sido un científico genial sino también a lo que él mismo aludía, modestamente, con la palabra misterio y que ahora sabemos que no era tal.

Se puede pensar, pues, que este nuevo reconocimiento, al acabar el siglo XX, se debe a que Einstein fue un científico clásico de los que ya no quedan (o apenas quedan), es decir, un científico-filósofo que sabe pensar en los problemas sustantivos de su ciencia, en las cuestiones de método y en las derivaciones más generales de las teorías que inventa, y a que ha sido, a la vez, un pensador que sabe que la ciencia es también una pieza cultural y que, sabiéndolo, anticipa (sobre todo en sus últimos años, justamente cuando se siente solo o en minoría) lo que podríamos llamar la primera autocrítica de la ciencia en un mundo en el que ésta, la ciencia misma, está mostrando ya su lado malo, su peor cara: la de la infatuación.

Además de físico grande, Einstein ha sido también un científico particularmente sensible ante los problemas socio-políticos de su época y un librepensador humanista. No escribió de forma sistemática sobre los asuntos que suelen ocupar a los filósofos licenciados, pero al contestar a preguntas y solicitudes de tantas personas distintas (entre ellas no pocos filósofos) legó a la humanidad pensante y sufriente un corpus de ideas y opiniones cuyo interés y pregnancia ha puesto de manifiesto el paso del tiempo.

Este otro aspecto de la vida y de la obra de Einstein, el de librepensador, no siempre se ha subrayado como conviene. Pero al cabo del tiempo, cuando se hace el esfuerzo de reconstruir con calma lo que fueron sus ideas y opiniones sobre la guerra y la paz, sobre la condición humana, sobre la ciencia en su historia, sobre la responsabilidad del científico en la época de las armas de destrucción masiva, sobre la educación, sobre la religión, sobre el judaísmo y sobre el socialismo, se entiende mejor aquella atracción que el hombre Einstein producía y que él consideró siempre un misterio.

domingo 1 de noviembre de 2009

FE O CREENCIA

Reflexionar sobre este tema suele resultar delicado; lo siento mucho, pero no es malo, ni mucho menos. Es bueno remover algunas creencias y recibir un poco de aire fresco. Es importante subrayar el punto de que no hablamos de fe, si no de creencias. No es lo mismo.

La creencia puede ser confianza, e incluso llevar a la esperanza. La fe es certeza. Solo que la certeza absoluta no puede ser humana sin la duda razonable que concede la libertad de cuestionar y de cuestionarse. Continuamente. Por eso que la fe no es monopolio de los creyentes. Y de ahí que cada vez que se abordan ciertas tradiciones saltan chispas de las Piedras Sagradas de las creencias especialmente cuando es golpeada con el martillo de tan saludable duda.

Y es que son creencias que se creen fe, porque confunden la razón con el dogma, la fidelidad con el fundamentalismo, la certeza razonable con la adhesión inquebrantable, la lealtad con el fanatismo…bueno y así nos va en pleno siglo XXI. Pero claro, la fe ciega es más ciega que fe, y la ceguera es la principal compañera de la falsa fe, como solapada enemiga de la verdadera fe.


Habrán incluso quienes nos acusaran de ateísmo. El ateísmo tiene el mismo defecto que el teísmo: se sienten verdad absoluta, y claro, ambos disfrazan de fe sus respectivas creencias, que vienen a ser como las dos caras de Jano. Ser o no ser. Creer o no creer.

Cuestión de fe. Y, como dijo alguien, aunque piense que no creo en nada, tan solo creo que no creo, luego ya estoy creyendo en algo. Y si creo, por poquito que sea, tanto en lo que crea como en lo que no crea, es porque tengo la capacidad de creer, aunque no la utilice. Y si dispongo de tal atributo, entonces, me guste o no, soy creyente por el solo hecho de ser humano.

¿Qué?.. ¿Cómo? Lo que pasa es que no me gusta comer la tortilla que me dan de comer otros sin antes saber como la prepararon, es mejor ver lo que encuentro en la cocina cuando la preparan. Conocer al cocinero. Alguien alguna vez dijo que hay que buscar si queremos encontrar.

No sentarse a que nos den la sopa ya digerida por otros estómagos. Esa es la diferencia entre la fe y la creencia. La fe es búsqueda constante. La creencia es pensar que ya se ha encontrado. La fe es no creerse nada sin dejar de creer en todo(reversibilidad). La creencia es pensar que con cuatro liturgias obligadas y cuatro rezos repetidos de memoria nos dan el título de justos y con eso basta para colarnos en el cielo y merecernos la eterna salvación.

Pues fíjense que no. Dicen que la fe está en la oración, lo que pasa es que orar no es rezar, si no sentir. Se reza a lo que se cree, pero se ora a lo que se siente, y no se siente a quien se “cree”, se siente a quien se “sabe”. Hay una gran diferencia.
Es preferible mantenerse incómodamente despierto antes que estar plácidamente dormido. A pesar del esfuerzo, la incertidumbre y el miedo. Trabajar por trabajar, no por el estimulo del resultado. Pero en realidad es que soy y siento todo eso y al mismo tiempo todo lo contrario. Y a la vez que creo en lo que “sé”, “sé” en lo que no creo, dogmatizar sin dogmatizarnos. Pero, en esa lucha sí que tengo fe.

sábado 31 de octubre de 2009

NO ES UN ASUNTO DE IDEAS

El desenvolvimiento espiritual no es un asunto de ideas sino la experiencia espiritual al interior de uno mismo. El mero hecho de adherirse a una religión o ideas espirituales no nos trae la realización. El Desenvolvimiento espiritual requiere de un cambio de consciencia; la simple actividad mental no implica un cambio de consciencia, solamente puede traer un cambio en la mente.

Si nuestra mente es inestable, ella cambiará de una cosa a la otra hasta el final, sin llegar a ningún camino seguro o a ninguna realización espiritual. La mente puede pensar, dudar, preguntar, aceptar y rechazar, hacer formaciones y deshacerlas, decidir y revocar las decisiones, permanecerá siempre en la superficie y no más allá, y por lo tanto nunca llegara a ninguna experiencia profunda y firme, sin embargo por ser ella solo un instrumento no puede hacer más.

La mente es un instrumento del Espíritu. Ella puede silenciar o trabajar sobre la personalidad adquirida y dar espacio a una consciencia más amplia; o puede hacerse ella misma pasiva a la acción de lo Divino y permitir que la Luz la use como medio de expresión. O de otra manera ella puede transformar la mente superficial, intelectual e inquisitiva que es ahora en una inteligencia intuitiva, una mente diferente hecha para la percepción directa de la Verdad Divina.

Si uno anhela desenvolverse espiritualmente, debe decidir con determinación el camino a seguir. No hay ningún beneficio en prepararse para el futuro y después continuar mirando constantemente por el espejo retrovisor hacia el pasado; de esa forma no se llega a ninguna parte. Si uno está atado a su propio pasado, es muy probable que lo mejor sea dejar las cosas tal como están; pero si de otra manera, uno escoge desenvolverse, la única elección es dedicarse a ello totalmente y no mirar hacia atrás a cada momento.

viernes 23 de octubre de 2009

¿COMO HACE UNO?










Como hace uno para unir pragmatismo con idealismo, en la medida justa.
Como hace uno para hacer siempre lo correcto, conociendo sus limitaciones.
Como hace uno para cumplir lo que el espera de si mismo y no defraudarse.
Como hace uno para mantener siempre el mismo esfuerzo y no decaer.
Como hace uno para aportar por la justicia e igualdad del ser humano.
Como hace uno para expresar lo que siente, sin herir susceptibilidades ajenas.
Como hace uno para que la injusticia no venza a la justicia.
Como hace uno para aliviar el sufrimiento, en un mundo en que pocos se acuerdan de los que sufren.
Como hace uno para desenvolverse, a pesar de sí mismo.

domingo 11 de octubre de 2009

LA FRAGILIDAD DE LOS VINCULOS

La progresiva destrucción de los lazos de solidaridad que se impone en la sociedad actual, borra la ilusión de un proyecto común y sume al individuo en un proceso de gran atomización. El excesivo narcisismo lleva a la exacerbada búsqueda de satisfacciones personales Cuando todo el amor recae en nosotros, poco amor queda para ofrecer a los demás.

El neoliberalismo que destruye los lazos de solidaridad, que borra la ilusión de un proyecto común para la sociedad, que desampara a los sujetos, que establece la ley del "sálvese quien pueda"; predispone a las personas a un abandono de las prácticas sociales compartidas y al encierro en un individualismo extremo. La persona retrotrae el interés hacia sí en un proceso de individuación, personalización y atomización. La libido sustraída del entorno socioinstitucional, pasa a revestir un espacio reducido a poco más que el sujeto.

Cuando todo el amor recae en nosotros, poco amor queda para ofrecer a los demás. Todos tenemos en nuestro interior una corriente amorosa que nos permite amar a nuestros semejantes o emplearla, casi con exclusividad, en nosotros mismos, como en el mito de Narciso que nos habla de un amor que se basta y se gasta en el sujeto, sin trascender a los demás.

Cuando este amor por uno mismo es exagerado, hablamos de un trastorno narcisista de la personalidad. Freud decía que este narcisismo parecía acompañar a las mujeres bellas, que no aman pero esperan ser amadas. Como vemos el narcisismo se nos presenta como un obstáculo para amar a los otros.

Otra consecuencia de este excesivo narcisismo la constituye la exacerbación de la búsqueda de satisfacciones personales y una preocupación desmedida por la salud corporal, por conservar la juventud y lograr la belleza. Mantenerse joven y sano, sentir el cuerpo, estar conforme con él, escucharlo en sus manifestaciones y gozarlo, es otra característica posmoderna de una vuelta del interés del sujeto hacia sí mismo; retirada su libido del mundo que lo rodea, ésta retorna al individuo en provecho de su narcisismo.

Este interés, centrado en la persona, despojado del sentido comunitario, es portador de cambios en la estructura de pareja. El sujeto vuelca todo el interés sobre sí; la relación se sostiene a partir de la satisfacción de sus deseos. Es un triunfo del narcisismo a costa del vínculo. "Quiero sentirme bien", "realizarme", "ser yo mismo", "no depender del otro", "tener libertad", "disponer de mi tiempo", "trabajar para mí", "huir de la rutina", "hacer lo que me place", son algunas de las tantas frases en las cuales los individuos expresan sus anhelos.

Es así que si el otro de la pareja no satisface mis deseos, se terminó el amor y a otra historia, pues "quiero que me hagan feliz", "estoy cansado de dar", "no quiero que me traigan problemas". El objetivo es totalmente hedonista. El sujeto de la posmodernidad quiere ser feliz y acceder al placer sin tener el trabajo de pensar en el otro, no busca ni valora a las personas por su bondad intrínseca sino más bien por el placer o displacer que éstas le despiertan: él o ella "me hace feliz", "me agrada su compañía", "la paso bien", "tenemos buen sexo" o "me divierte".

En los tiempos posmodernos aumentan los divorcios, las uniones no legalizadas y los nacimientos fuera del matrimonio sin que ello sea causa de escarnio social. La consideración hacia la familia ha dejado de lado sus antiguas prescripciones obligatorias para dar paso a la realización afectiva del sujeto y a sus derechos de tomar decisiones con libertad, tales como: derecho a la separación en el matrimonio, derecho al concubinato, a la contraconcepción, a la maternidad fuera del matrimonio, o sea, que no existe un derecho contrario a los deseos individuales mientras éstos no perjudiquen a terceros

Si la modernidad instituye el casamiento por amor, "hasta que la muerte nos separe", la posmodernidad estimula su disolución cuando el amor se termina. La experiencia de parejas que fracasan prematuramente ha llevado a otras a extremar las precauciones. Antes de emprender una asociación más comprometida, establecen una nueva forma de relación, los matrimonios "a prueba".

Estas nuevas formas de convivencia marcadas por el triunfo del narcisismo, merecerán el juicio negativo de los espíritus conservadores que verán en ellas la disolución de una institución sagrada como la familia y para otros constituirá un progreso que liberará a los sujetos de antiguas esclavitudes. Sea cual sea el juicio de nuestros contemporáneos, la historia sigue su curso.

Domingo Caratozzolo

viernes 9 de octubre de 2009

EDUCACION PARA LA UNIVERSALIDAD MAS ALLA DE LA GLOBALIZACION

El problema principal del ser humano viene a ser un estado de inmadurez generalizado, cuyas causas y a la vez efectos principales son la pérdida de valores y la deshumanización. He ahí las dos ramas principales del tronco globalizado del presente. Su raíz fundamental es el egocentrismo generalizado y la estrechez de conciencia que produce.

La solución pasa por la (r)evolución de la conciencia personal y colectiva, quizá desde unas claves capaces de redefinir, cuestionar y remover el pensamiento. Sólo desde una conciencia más fuerte y generosa las personas, los colectivos y las organizaciones puede romper los límites de esta globalización miope y acceder gradual, automáticamente, a la conciencia de universalidad.

¿Cuál puede ser el instrumento de esta (r)evolución de laconciencia? La conciencia sólo se puede enriquecer y expandir masivamente desde una educación distinta, y más concretamente con unos fundamentos, un currículo y una formación del profesorado que la adopte como vector formativo básico.

Porque todo apunta a que formamos parte de algo inmenso y con sentido. Algo mucho más grande y profundo que nuestra referencia de interés y de identificación más amplios. Es un ser que todavía no se reconoce, pero cuya autoconciencia va en aumento. Cobra forma y se realiza, en la medida en que el ser humano converge desde el interior.

martes 6 de octubre de 2009

EL SER HUMANO NUEVO

Puede ser hombre o mujer. Puede tener reloj. Puede no tenerlo, pero su mente se ha liberado del tiempo. Puede tener o no tener, pero se ha liberado de ambas cosas. Puede vivir en cualquier país, pero no pertenece ni siquiera al mundo. No prepara revoluciones grupales armadas. Realiza su única revolución en sí mismo, lo que es más valiente y mucho menos cómodo; es la única revolución directa, es una revolución de cada momento, en la calle, en la casa, en el trabajo y hasta en el mismo lecho de muerte, si lamentablemente no la ha comenzado antes.

No pide reglas, ni ejemplos, ni consejos. Tampoco los da. No busca la alegría, la vive sin esperarla. No busca la serenidad, la vive sin esperarla. No busca emociones, encuentra la maravilla de la vida a cada momento, en todo lugar. Su templo está dentro de su piel, y dentro del templo está aquello que ni él mismo por más que se esfuerce desmedidamente podrá expresar. Es un gran político, construyendo sin descanso la nueva humanidad, la humanidad unida. Su política es el gesto amigable sin hipocresía, su actitud de respeto y la profunda mirada, cada palabra, cada acción, a cada instante, en todo lugar.

No comparte ningún tipo de discriminación entre los humanos. No busca seguridad, porque sin quererlo, en este momento la posee, y buscándola no la hallará. Se aleja del ruido. Sabe que lo destruye, incluso “materialmente” u orgánicamente. Conoce su ritmo psicobiológico. Lo respeta, impide con tranquilidad que se altere, sabe que lo alteran fácilmente las conversaciones agitadas o insulsas, la televisión masificada, o la radio comercial- publicitaria, la competitividad, el consumismo, el análisis, la acumulación, la opinión, la interpretación y la condena. Se acepta tal cual es. No desea cambiar, porque sabe que estando vivo y despierto, será distinto a cada instante.

No adquiere ni consume continuamente porque conoce sus necesidades físicas. Le basta con satisfacerlas, natural, tranquila y gozosamente. Simplemente protege su vida. Incondicionalmente protege la vida.
Puede tener esposo o esposa. Puede no tener. En todos los casos es libre. Y acepta la libertad del otro. No tiene derechos ni deberes. Toda su acción surge espontáneamente de la total aceptación de la vida, es decir del amor. Sus relaciones son estables porque son sanas y sus relaciones en el amor, surgen de la total aceptación no deliberada.

No puede concebir que las relaciones del amor tengan un final, porque conoce el amor, ni que existan relaciones que persistan solamente por el deber y el derecho, la culpa o la responsabilidad.
Jamás espera que sea otro quien salte antes. Salta él sin desear ser el primero que lo hace.

No interrumpe su despertar ni siquiera cuando duerme. El Ser Humano Nuevo, está solo y lo sabe. Solo aún en la multitud. Solo en la vida y en la muerte, y sabe también que su destino es el destino de todos. Por eso comprende que con su propia libertad real y con su propia regeneración, recién ha comenzado a regenerarse y liberarse la humanidad entera.